Hay algo de salto al vacío en el hecho de
convertirse en madre. Porque realmente no sabemos qué pasará al día siguiente
del parto. Quién será nuestro hijo o nuestra hija… pero fundamentalmente,
desconocemos en quién nos convertiremos nosotras.
Si hay un aspecto en el que coinciden muchísimas
mujeres a la hora de recordar el posparto es ese sentimiento de no reconocerse
a ellas mismas, de no encontrar en el espejo a aquélla que fueron. Y no se
trata tan sólo de un desencuentro físico, de que estemos más o menos gordas de
lo que esperábamos, de que los pechos nos duelan, de que los entuertos y
loquios no acaben cuando creíamos, de que el pelo se nos caiga a mechones, de
que el cansancio nos desmorone hasta límites insospechados días antes y de que
los brazos no se acostumbren a mantener constantemente el peso de nuestro bebé.
No… es mucho más que eso. Es el encontrarse con una
mujer a la que desconocemos totalmente. Que piensa cuestiones y en cuestiones
en las que nunca había pensado antes, que se contradice a sí misma cada cuarto
de hora, que aunque quiere dormir no deja de velar el sueño de ese pequeño ser
que acaba de romper en dos sus creencias, que tiene miedo y vértigo y alegría e
inseguridad y se siente fuerte y poderosa a la vez que débil y diminuta… una
auténtica montaña rusa en la cual las hormonas tienen mucho que ver, pero
también una incalculada brecha que se ha abierto en nuestra vida gracias a la
aparición de ese pequeño que nos ha arrebatado la cordura.
Entrevemos la mujer sin límites que podríamos
llegar a ser
Una brecha a través de la cual entrevemos las
posibilidades reales del amor, del deseo, de la entrega… la mujer sin límites
que podríamos llegar a ser, la verdadera YO que se esconde tras cientos de
convenciones sociales, tras velos y velos de “cordura”, tras la obediencia
aprendida y el “saber estar” pretendido.
Y lo que se ve nos encanta, pero a la vez nos
asusta… como las atracciones de feria, a las que la mayoría de las veces,
pasada una cierta edad, dejamos de subir, porque el miedo puede más que el
maravilloso agujero en el estómago a la hora de dar una vuelta cabeza abajo en
una máquina infernal. Así, miramos hacia otro lado mientras esperamos que la
brecha se cierre, mientras esperamos que alguien nos ayude a cerrarla o
simplemente la cierre a base de dosis de realidad.
Ahora bien… ¿qué es lo que sucede realmente? ¿qué
nos pasa a las mujeres durante el posparto?
Por un lado, hay un poco de química y cambios
hormonales que nos vinculan (o desvinculan) de una manera diferente a las demás
personas, a nuestro nuevo hijo, a nosotras mismas y al mundo en general. Pero
estos “estados alterados de la biología” adquieren unas connotaciones muy
diferentes en función del tamiz cultural al que nos vemos sometidas.
Por otro lado, en el posparto, precisamente gracias
a ese puñado de hormonas en el que nos convertimos, se producen aperturas de
conciencia, reconocimientos de verdades que quizás ni íntimamente habíamos
percibido, surge nuestra vida toda ante nuestros ojos, y también las
posibilidades que tenemos. Es la brecha de la que hablaba y de la que nadie
habla… ni antes, ni durante, ni después del embarazo, centrados como estamos en
ver sólo lo visible, lo tangible, lo conocido… volcados como vivimos en los
resultados (el embarazo perfecto, el niño guapo y entero), y en la vuelta a la
supuesta normalidad que nos envuelve (nuestra figura de siempre, nuestra rutina
diaria, nuestro éxito laboral, nuestra vida triunfante).
Y por último, pese a todas esas posibilidades tanto
físicas como psicológicas y emocionales que se abren ante nosotras, existe un
mundo que nos condiciona, que nos ata, nos juzga y nos sojuzga de una manera
tan omnipresente y omnipotente que somos casi incapaces de verlo, tan libres y
perspicaces como nos creemos.
Sin embargo, pese a ello, pese a las dificultades,
más allá de los condicionantes, de los juicios y prejuicios, a pesar de
nosotras mismas y nuestra historia, existen posibilidades de maniobra, pequeños
gestos que día a día pueden hacernos más libres, mejores personas y,
fundamentalmente, madres más conscientes.
Desarrollemos un poco cada idea.
1 . La impronta, las hormonas, el vínculo.
Durante el parto, durante el nacimiento de un bebé
y en las primeras horas posteriores, se producen ciertos fenómenos hormonales
de una intensidad incomparable a la de cualquier otro momento de la vida
humana. Cuanto menos intervenido sea el parto, cuanta menos medicalización del
proceso, más cantidad de hormonas (fundamentalmente oxitocina) tendremos tanto
en la madre como en el bebé. Y esas hormonas son necesarias para que tanto el
parto como el nacimiento culminen con éxito. Se hacen necesarias para el alumbramiento
espontáneo de la placenta, para la contracción natural del útero, para la
subida del calostro y, más adelante, de la leche materna, para que el bebé
encuentre por sí sólo el pecho y la manera correcta de succionar… pero
fundamentalmente, se hacen necesarias para producir un fenómeno mucho más
importante para la vida de madre e hijo: la impronta.
La impronta es un proceso que sabemos reconocer muy
bien en otros mamíferos; es la responsable de que mamá y bebé se reconozcan aún
en medio de enormes manadas de individuos, y al contrario… cuando a un mamífero
se le saca su cría y no se le da hasta horas después puede llegar a rechazarla,
a no reconocerla como suya. Es una especie de sello no visible pero infalible.
En los humanos, es la responsable de que el bebé llore cuando se aleja de su
madre, de que a la madre algo se le remueva cuando no escucha a su bebé, o
cuando lo escucha llorar, o de que las madres lactantes segreguen leche cuando
el bebé llora… Según el Dr. Michel Odent, la primera hora de vida es el momento
crítico en el que se produce esa “impronta hormonal”, que va a favorecer un
proceso aún más importante: el vínculo afectivo entre madre e hijo.
Incluso en los casos en que el parto haya sido
intervenido y la segregación hormonal no haya sido tan potente, se dan cambios
que afectan directamente a la relación que mantendremos de ahora en adelante
con el bebé. De hecho, la lactancia también profundiza y favorece ese vínculo.
“Así
la madre que da de mamar está en un equilibrio hormonal particular. Está bajo
los efectos de una hormona indispensable para que se produzca la secreción de
leche por el seno. Se trata de la prolactina. Pero esta hormona tiene otros
muchos efectos además de ser responsable de la puesta en marcha de la glándula
mamaria. Es la hormona que empuja al animal a construir su nido. Es también la
que desencadena los comportamientos agresivos característicos de las hembras
que amamantan. Algunos de sus efectos en los comportamientos humanos han sido
establecidos por el estudio de los síntomas de los tumores secretores de
prolactina en la mujer y en el hombre. En primer lugar la prolactina reduce la
libido, el interés sexual. Posteriormente tiende a engendrar estados de
subordinación, de sumisión y también un cierto grado de ansiedad. Estos efectos
de la prolactina en la conducta de la hembra son fácilmente interpretados como
ventajas para la supervivencia de la especie. Cuando una mujer comienza la
lactancia todos los efectos de la “hormona del amor” tienden a dirigirse al
bebé. El bebé se convierte en objeto de amor. La subordinación permite una
disponibilidad máxima frente a las exigencias del bebé. En lo referente a la
ansiedad se traduce por una capacidad de vigilancia acrecentada durante el
período de lactancia y una tendencia a no experimentar las fases de sueño
profundo.” Michel Odent, El bebé es un mamífero.
Ante este estado bioquímico, es lógico entender
muchos de los desconciertos que atacan a una madre recién parida o a cualquiera
que conviva con ella e intente seguir un orden o rutina preestablecidos con
antelación a la llegada del bebé. Cualquier parecido con la persona que la
madre fue antes de dar a luz será mera coincidencia, y ella estará tan
sorprendida por sus hallazgos, por sus nuevas decisiones, por sus nuevos sentimientos,
por sus reacciones imprevisibles, como cualquiera que la observe desde la
barrera sin intentar comprender.
Nuestra cultura no está preparada para aceptar a
las madres
El problema que nos encontramos ante todo esto es
que nuestra cultura no está preparada para aceptar a las madres (ni para dejar
que ellas se acepten a sí mismas) con este estado hormonal. Porque aceptarlo
sería aceptar que las mujeres, durante este período y en ese estado, vivirían
por y para la criatura. No se encargarían de otra cosa porque su propio cuerpo
boicotearía cualquier otra iniciativa. Amamantarían día y noche sin mirar el
reloj ni el calendario, cargarían al bebé sin complejos porque así lo pediría
él y porque así responderían ellas. No volverían a trabajar a los cuatro meses
aún por cumplir del bebé, ni a los cinco, ni a los seis… ni sabe dios cuándo;
por lo tanto, no producirían en su trabajo ni demandarían creación de empleo en
el sector de la educación infantil.
La conciliación familiar perdería sentido… Por eso
nos empeñamos en que todo vuelva a la normalidad… entendiendo por normalidad lo
que había antes del parto… y si puede ser antes del embarazo, mejor. Nos
empeñamos en que la madre separe de sí al bebé, amamante a períodos
organizados, vuelva a la rutina, se comporte como se comportaba antes… para que
todo siga girando, para que nada se tambalee, para que no tengamos que
plantearnos el sentido de todo lo que hacemos… que la biología funcione de una
determinada manera no tiene, para nosotros los occidentales, ninguna razón de
ser.
Y así, doblegamos a las madres, nos doblegamos, y
nos convertimos en mujeres que desean algo que no pueden tener, porque ni
nosotras mismas nos lo permitimos. Sacudimos la cabeza, miramos hacia otro lado
y seguimos con nuestra vida intentando no ser demasiado conscientes de lo que
sentimos, de lo que la biología y la química nos demandan… y así, vamos
perdiendo la posibilidad de reforzar el vínculo con nuestros hijos, vamos
perdiendo credibilidad ante nuestros propios ojos… volvemos al redil.
“Todas las mamás, con un mínimo de sostén emocional, son capaces de
amamantar, de acunar, de higienizar a un bebé, de proporcionar los cuidados
físicos necesarios para su supervivencia. (…) La dificultad se presenta cuando
se impone reconocer en el cuerpo físico del bebé, la aparición del alma de la
mamá, en toda su dimensión. Reconocernos frágiles, como “mamásbebés”. Cuidarnos
como tales. Respetarnos con estas nuevas cualidades. Tenernos paciencia en este
tiempo tan especial y no exigirnos un rendimiento igual al acostumbrado.
Abrirnos a la sensibilidad que se nos agudiza y a la percepción de las
sensaciones que son vividas con un corazón inmenso y un cuerpo que sentimos
pequeño porque somos bebé y persona adulta simultáneamente.
Es como tener el corazón abierto, con sus miserias, sus alegrías,
sus inseguridades, con todas las situaciones pendientes para resolver, con lo
que nos falta comprender. Es una carta de presentación frágil: esto es lo que
soy el fondo de mi alma, soy este bebé que llora.
Podríamos considerarla una ventaja exclusiva de las mujeres: la
posibilidad de desdoblar nuestro cuerpo físico y espiritual, permitiendo que
aparezcan total claridad las dificultades o los dolores personales.
El bebé siente como propios todos los sentimientos de la mamá,
sobre todo aquellos de los que no tenemos conciencia. La mayoría de las mujeres
no aprovecha esta ventaja de tener el alma expuesta; es riesgoso encontrarse
con la propia verdad. Sin embargo, es un camino que indefectiblemente vamos a
recorrer, aunque la decisión de hacerlo con mayor o menor conciencia es
personal.” Laura
Gutman, La
maternidad y el encuentro con la propia sombra.
Cuando un bebé nace, nacemos nosotras con él.
Renacemos
Cuando
un bebé nace, nacemos nosotras con él. Renacemos. Nos volvemos a ver, en muchas
ocasiones, pequeñitas y desamparadas. Primero porque, actualmente, las mujeres
hemos perdido las referencias y la experiencia previa sobre bebés, no sabemos
nada de ellos, de cómo son, de cómo se cuidan, se lavan o se acunan, pero
tampoco de cómo sienten, de cómo lloran, de cómo acarician, de cómo llenan el
espacio y, a la vez, lo vacían de lo superfluo. Por lo tanto, nos sentimos
aprendices en nuestra propia vida, pero sin tiempo ni posibilidad para el ensayo,
para equivocarnos. Al haber perdido el contacto con otras mujeres paridas y con
sus bebés, hemos perdido los conocimientos sociales y culturales que, con
respecto a la maternidad, manejaban con soltura nuestras abuelas y bisabuelas.
Pero,
además, porque ser madre, convertirse en madre, encontrarse puérpera, nos
supone reencontrarnos con el bebé que fuimos, con lo mucho o poco que nos
desearon, nos acunaron, nos besaron, nos cantaron, nos acariciaron. Supone
traer a colación nuestros peores y mejores recuerdos de infancia, enfrentarnos
con lo mucho que nos parecemos a lo bueno y lo malo de nuestras madres, supone
ver en quiénes nos hemos convertido en ese espejo en el que aparece una mujer
que se parece a nosotras pero que ya no es.
Muchas
mujeres relatan que cuando tienen un bebé aparecen, nadie sabe de dónde,
canciones infantiles y nanas que no habían oído desde que hace veinte, treinta
o cuarenta años empezaron a dormir solas… otras relatan largos y detallados
cuentos que meses antes no podían recordar ni siquiera con esfuerzo. Junto con
esos cuentos y canciones regresan a menudo la voz que los contaba o cantaba y
las circunstancias que los rodeaban.
También,
en ocasiones, regresa el vacío de no haber sido cantada ni contada.
Emocionalmente, en este momento, las mujeres abrimos una especie de bucle
temporal que, además de lo bueno, nos trae también lo malo, lo regular y lo
terrible. Nos devuelve nuestra propia infancia. Puede que no seamos conscientes
de ello, pero ocurre. Y todo lo que nos llega nos tocará como por arte de magia
y nos hará estar en una disposición completamente nueva para asumir la
maternidad, pero también para asumir nuestra propia vida, para asumirnos como
somos, como fuimos, para querernos a pesar de que nos hayan querido o no y,
así, empezar con nuestro bebé una relación nueva, que no lleve a rastras las
carencias o excesos de nuestras propias relaciones como hijas…
A las mujeres se nos urge para que volvamos a ser
como antes
Pero
otra vez, a las mujeres se nos urge para que volvamos a ser como antes, para
que no nos detengamos en búsquedas ni en profundidad, para que dejemos estar lo
dormido durmiendo y nos dediquemos a dormir lo que despierta. El mundo no nos
concede el tiempo que necesitamos para asumir estos procesos, ni siquiera nos
concede la posibilidad de hacerlo en nuestros ratos libres… nos ocupa con
visitas, paseos, gimnasios… nada que nos deje solas y capaces de abrir la
brecha, de bucear en ella, de ahondar en el dolor que produce para sanarlo.
Otra vez, nos distraen de lo importante y nos dejamos liar.
3 . La libertad con cuerdas.
Hace bastantes años que las mujeres occidentales
hemos dejado atrás la esclavitud de la vida de amas de casa, cuidadoras de
marido e hijos, limpiadoras a tiempo completo, celadoras del orden y la pulcritud
de nuestro hogar y prole. Ahora estudiamos una o dos carreras, varios
posgrados, másters y especializaciones y, con suerte, accedemos a un puesto
laboral semi-acorde a nuestras expectativas, que nos lleva casi todo el tiempo
de que disponemos y nos da una cierta libertad económica (esta libertad va a
depender del puesto real que desempeñemos laboralmente y también del nivel de
vida y estatus en el que pretendamos movernos).
Lo que ocurre habitualmente es que vamos relegando
otros aspectos más íntimos de nuestra vida en aras del desarrollo de esa parte
académico-laboral. Y cuando nos damos cuenta, suele ocurrir que estamos
inmersas en un ritmo de vida del que no podemos zafarnos. En el momento en que
alcanzamos el puesto o estatus por el que luchamos es cuando, en principio,
podemos bajar el ritmo para dedicarnos a otros menesteres entre los cuales
entran los planes para convertirnos en madres. Pero entonces es cuando nos
damos cuenta de que todo el mundo que hemos construido se sostiene sólo si seguimos
con el mismo ritmo, con las mismas exigencias, con la misma dedicación a
nuestra vida profesional.
El problema, claro está, no radica en ese ritmo, ni
en el hecho de vivir una vida profesional más o menos masculinizada, ni
siquiera en el hecho de que dudemos si bajar el ritmo es bueno o malo, de que
temamos las consecuencias, de que “el tren se nos vaya”. El problema es que
consideremos, como sociedad, que sólo saliendo de casa y triunfando
profesionalmente, nos estamos realizando. Cualquier mujer que se atreve
simplemente a cuestionar esta verdad y piense, aunque sea por instante, en
tener hijos y hacer un paréntesis o un cambio de ritmo laboral es acallada por
múltiples críticas, advertencias y admoniciones de todo tipo: te quedarás sin
tu puesto, te echarán del trabajo, ya no podrás optar al ascenso, no contarán
contigo… en ocasiones, estas advertencias no pasan de ahí, pero en otras se
convierten en realidad.
Hace falta una conciencia social sobre lo que
realmente nos aporta criar a nuestros hijos
Evidentemente, esto es algo que no se puede
permitir, es un aspecto de la realidad laboral de este país y de otros muchos
que hay que solventar. Pero opino tajantemente que la solución a este problema
no pasa por que releguemos la maternidad, el cuidado y la crianza de nuestros
hijos al último lugar en nuestra lista de prioridades. La solución no está en
no tener hijos hasta que logremos el puesto más alto en la empresa y luego
volver a trabajar en menos de 4 meses para que nadie note nuestra falta… la
solución es otra, y parte, en primer lugar, de una conciencia social sobre lo
que realmente nos aporta criar a nuestros hijos, no como personas, que también,
sino como sociedad, como civilización… verdaderas políticas de conciliación
basadas en el respeto por la familia y no en el respeto por el empresario.
"Las
apariencias a menudo engañan, sobre todo si esa apariencia está preparada y es
una estrategia del Poder. Con la revolución científico-técnica y, como dice
Agustín García Calvo, los medios de formación de masas, se ha conseguido una
casi total deshumanización y robotización de la función materna, que
supuestamente 'libera' a la mujer de la degradada y socialmente degradante
tarea de la maternidad. Las mujeres hemos caído en la trampa. Al haber logrado
convertir la maternidad en una opción o, gracias a las leches artificiales y al
plástico, en una gestación compatible con una carrera profesional definida
según el arquetipo masculino, nos hemos creído que, por fin, habíamos accedido
a la igualdad con los hombres.
Pero
el haber logrado que la maternidad sea una opción no zanja la cuestión, y la
robotización de la función materna refuerza aún más el discurso y las raíces de
la sociedad patriarcal. Porque, si sólo renunciando a la maternidad o
deshumanizando su función podemos dejar de ser inferiores, estamos asumiendo
que la maternidad es algo efectivamente degradante y que nos inferioriza, que
nos rebaja, que nos hace ser como vacas o animales reproductores.” Casilda
Rodrigáñez Bustos. Mujer, maternidad y
socialización.
Lo que ocurre, como ya he dicho, es que,
verdaderamente, la maternidad no es una opción tan válida como otras. Es la
opción con la que se quedan quienes no tienen opciones. La hermana pobre de las
opciones que a las mujeres nos da la vida. Incluso la mayor parte de las
mujeres que en un primer momento optan por dejar su trabajo para dedicarse al
cuidado de los hijos, lo hacen pensando que es una decisión temporal, y que
cuanto menos tiempo pase, mejor, así costará menos volver al “mercado laboral”.
Ocurre otra vez, por mucho que nuestro bebé nos
haya emocionado y enamorado, por mucho que hayamos descubierto nuestras
fortalezas y debilidades, por mucho que deseemos quedarnos a cuidar y criar a
nuestros hijos, la sociedad patriarcal, monetarizada y jerarquizada en la que
vivimos, decide por nosotras y nuestras familias dónde está nuestro lugar en el
mundo, y por supuesto, y mucho más grave, dónde está el lugar de nuestros
hijos… en la guardería, lejos de casa, lejos de la madre, de manera que los
deseos e instintos de ambos se vayan apagando a base de distancia física y
temporal, a base de la aparición de tareas y personas que interfieren en el
apego y la necesidad vital de madre e hijo de permanecer juntos. Nada se
descoloca, la rueda sigue girando, el mundo sigue produciendo y nosotras con
él, y nuestros hijos, desde sus primeros meses de vida, crean puestos de
trabajo.
4. La alternativa.
La maternidad queda habitualmente reducida al
ámbito hogareño y familiar, sin suscitar interés si no es en sus vertientes más
físicas como el parto, la lactancia o las depresiones puerperales. Sin embargo,
en los últimos tiempos, diversos medios de comunicación y algunos expertos en
sociología o antropología le dedican tiempo no sólo al estudio de la maternidad
en su conjunto, desde puntos de vista sociales, culturales o históricos, sino
que también destapan y dan relieve a una serie de mujeres que confían en sus
cuerpos para parir y criar a sus hijos, que deciden que la maternidad no es un
obstáculo para el trabajo sino al revés, es el trabajo y el mercado laboral
actual el que presupone un impedimento para el desarrollo de la maternidad, y
asumen, por lo tanto, esta importante función vital como una prioridad ante
otras que vengan dadas desde fuera. Madres conscientes, retrofeministas, madres
insumisas… son muchos los nombres que estas madres de las que hablo reciben.
Es necesaria una actuación subversiva consciente de
las madres
He descrito hasta ahora la realidad más cruda. La
de cientos y cientos de mujeres y madres que se encuentran con un bebé en
brazos y con él, ante la disyuntiva de cómo seguir adelante con todas las
verdades que se les han presentado ante los ojos… cómo dar el siguiente paso
sin las vendas que nos cegaban… cómo continuar la vida sabiendo todo lo que nos
está siendo arrebatado, de bueno y de malo, por seguir la senda trazada de la
obediencia y el silencio. Casilda Rodrigáñez nos habla del “estado de sumisión
inconsciente” en el que vivimos las mujeres, las madres y la sociedad en
general. Creo que para poder salir de ahí no queda más, pues, que una actuación
subversiva consciente.
Subversiva (“madres insumisas”, las llama Isabel
Aler) porque plantea el quiebre de muchas de las estructuras rígidas que nos
sostienen, nos contienen y nos mantienen en este estado. Porque supone, en
ocasiones, atentar contra el significado social y cultural de la palabra
“éxito” y de su resultado, el “bienestar”. Porque ataca a la sociedad de
consumo, al mercadeo (que no mercado) laboral, a la perpetuación de roles y a
los modelos establecidos de crianza, de jerarquías, de familia, de sociedad… en
una palabra.
Y consciente. Consciencia… madres conscientes. Conscientes
de sus necesidades, carencias y deseos, conscientes de las necesidades,
carencias y deseos de su bebé, conscientes de cómo actúa el mundo que nos
rodea, consciente, sobre todo, de lo inconsciente… una tarea dura, difícil,
ingrata… mucho más que el dejarse llevar.
La solución, pues, está en atender a nuestros
deseos y nuestros instintos
La solución, pues, está en atender a nuestros
deseos y nuestros instintos más que a nuestros deberes y aprendizajes sociales.
Cuando un bebé nace, cuando nacemos con él, nos transformamos en otra, otra que
se parece algo a quien fuimos, o mucho, pero que tiene otras prioridades, otros
saberes… como mujeres en plena tormenta hormonal, como mujeres privilegiadas
por los recuerdos de la infancia, aprovechemos todo el conocimiento que
guardamos dentro de nosotras, el que duerme bajo todas las convenciones y
normas sociales.
Si
queremos dar el pecho, demos el pecho… olvidemos las vestiduras
y el recato y amamantemos a nuestra cría… dejemos a un lado el reloj, la
báscula y los complementos de plástico, látex o silicona… ningún otro mamífero
los utiliza para dar de mamar a sus hijos. Si queremos acunar a
nuestros hijos, cargarlos, tocarlos y abrazarlos, hagámoslo sin miedo al qué
dirán, sin miedo a las consecuencias… los niños no se malcrían, se
crían mal, que no es lo mismo… hagamos caso a nuestro instinto cuando queramos
apaciguar su llanto en la noche o en el día, protejámosle de todo lo que nos
parezca una amenaza y de cualquier cosa que se lo parezca a él… seamos madres
amantes, deseosas de su bebé, de su contacto y su olor…
dejémonos llevar por la maravillosa oportunidad que nos brinda la naturaleza de
encontrarnos con nosotras mismas.
Actuaciones
subversivas conscientes. Que arrastren a otros. Que los hagan pensar. Encontremos otras madres con quienes compartir tiempo y
saber. En quienes confiar y a quien confiar lo que intuimos, lo
que sabemos. Creemos redes, lazos. Las mujeres estamos solas con nuestro saber
anquilosado y nuestros cuerpos y tiempos entregados a la ciencia y la técnica,
al desarrollo social y económico. Y la soledad nos hace más vulnerables… nos
hace más indecisas, menos valientes. Y no me refiero a madres solteras, sino a
madres profundamente solas. Solas con una pareja (hombre o mujer) que sale de
casa una parte importante del día. Solas con una familia extensa que vive lejos
o que a veces, no vive. Solas sin conocimientos sobre lactancia, sobre
posparto, sobre noches en vela, sobre pechos que duelen o sangran.
Así, el cuidado y crianza de los hijos, el día a
día, se convierte en una alta montaña a la que subir sin apenas herramientas
que nos ayuden. Por eso es necesario volver a crear los conocimientos que antes
compartían las mujeres de generación en generación, para dejar de sentirnos
solas, para volver a ser conscientes y para que la maternidad no tenga que
convertirse en una lucha por nuestros derechos y los de nuestros bebés…
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Sobre
la autora
Nuria Otero es
licenciada en Pedagogía y Psicopedagogía, orientadora familiar y doula. Se ha
formado con M. Odent, L. Lammers y Laura Gutman, entre otros
profesionales. Acompaña antes, durante y después del parto. Realiza
orientación familiar de manera privada, acompañando a familias, niños y niñas
en la crianza y la educación. Organiza charlas y talleres sobre doulas,
maternidad y crianza. Es co-fundadora y presidenta de la Asociación Gallega
de Doulas. También es Coordinadora Regional para 3Colours Spain.
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